Ryan Rivadeneyra is an artist
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Verde Chillón

Performance for Rita McBride's "Blind Dates", MACBA, Barcelona, 2012

Verde Chillón, un proyecto comisariado para el Arena de Rita McBride en el marco de su exposición en el MACBA, intenta deconstruir asociaciones entre la interpretación y el significado para establecer relaciones entre la instalación, la performance, y experiencias viscerales en el arte contemporáneo. Una serie de imágenes construyen una narrativa que cuestiona la intepretación, la contradicción, la metáfora y los símbolos, mientras se describen una serie de experiencias extrañas que occurieron al producir la obra. Ganador de modalidad 'obra' del Premi Miquel Casablancas, 2013.

 

 

15 de mayo del 2012. Voy a reunirme por segunda vez con la gente del MACBA, que me habían invitado a mí y a otros tres jóvenes artistas locales a hacer una performance en el Arena de Rita McBride. Ese día era la primera vez que vi el Arena montada. Nunca lo había visto en vivo. Creo que la primera vez que lo vi era en La Central del MACBA en el único libro que tenían de Rita McBride, que estaba al lado de uno de Banksy.

El museo estaba cerrado, era martes. En la sala sólo estaban los montadores de la expo y dos o tres personas más. Toqué la escultura con la mano. La acaricié. Me senté encima suya. Me fui hasta el último escalón, hasta donde no te dejan sentarte. Pasé por debajo. Alguien me había dicho que la parte de abajo, su estructura, es como el esqueleto de una ballena, y caminar por debajo te hace sentir como si fueras Pinocho, o Jonás. Yo le dije que me hacía sentir como en la última escena de El Resplandor, cuando Jack Nicholson está persiguiendo a su hijo por el laberinto de setos con un cuchillo gigante para intentar matarle.

Bueno, pues esta gente del MACBA me invitaron a leer una serie de libros de Rita, y hacer una pieza sobre ellas, para luego hacer una performance en el Arena. Había un libro erótico, uno de crimen, uno de ciencia-ficción, y uno de estilo de vida. El único que me leí fue el erótico, y lo peor es que no me pude concentrar en los detalles porque mientras lo leía sólo podía pensar en cómo iba a hacer la obra que iba a hacer. No había manera de enfocarme en lo que estaba leyendo, sólo en cómo interpretarlo para aplicarlo a un nuevo proyecto, este proyecto. Necesitaba conseguir la fórmula perfecta para interpretar esos libros, y hacer la obra de arte perfecta, que sea una unión impecable, un triángulo de amor bellísimo entre los libros, mi trabajo, y la ARENA.

Investigando sobre esta idea de la unión perfecta, la santa trinidad, el vínculo celestial, decidí pasar por completo de los libros que querían que interpretase y hacer lo que me daba la gana. Así que quiero hablar de la unión perfecta entre uno o varios conceptos que en principio no tienen nada que ver entre si, como yo con la Arena, o yo con el MACBA.

O como el verde chillón.

Verde chillón es un color diferente, compuesto de dos ideas que no tienen nada que ver la una con la otra. Tienes el verde, un color que todos conocemos, y luego chillar, de gritar. ¿Qué tiene que ver el gritar con un color? ¿Acaso un color grita? No es como el azul marino, porque ese azul tiene que ver con el color del mar, o el verde bosque, porque estás describiendo el color de un bosque, que ya es verde. Verde chillón. Un verde que chilla. Es el emparejamiento de dos conceptos diferentes, dos descripciones sensoriales que se unen y hacen el amor y crean esta nueva criatura que se llama verde chillón. Es la descripción perfecta de la unión perfecta de dos cosas que se casan y unen para crear una tercera cosa. El amor es bonito, la creación es perfección, y verde chillón, para mi, es el color perfecto.

Pasando del color perfecto, la perfección en dos dimensiones, me pregunto cuál es la figura perfecta, la perfección tridimensional.

La figura perfecta no es el círculo, es la pirámide. Lo sabían los egipcios en Giza, lo sabían los mayas en Chichen Itza, lo sabían los budistas en Asia, y lo sabían los yanquis en Los Angeles, Memphis, Las Vegas, y San Francisco. Son como escaleras que te suben, poco a poco, a tocar el cielo, a estar cerca de Dios, y apreciar la belleza infinita del horizonte. Algo parecido a el Arena, pero al revés.

Empecé a experimentar con la figura de la pirámide, haciendo pequeñas esculturas con objetos que encontraba en mi casa y por la calle. Mi primer experimento fue con un aguacate. Tenía que moldear este aguacate para que tenga la forma perfecta, un aguacate-pirámide. Mientras jugaba con su forma, me obsesioné con su textura, esa textura tan sensual que tiene, como si fuese mantequilla verde sacada directamente de la teta de la madre naturaleza. El aguacate empezó a convertirse en un objeto religioso, una reliquia, símbolo de la condición humana, de la fertilidad, de la mortalidad, del más allá. Abrí la foto en Photoshop para ver qué podía hacer con ella, para ponerla en contexto, sobre un fondo que la eleve hasta donde se merece estar. Necesitaba encontrar esa unión perfecta entre el objeto y el lugar donde se encuentra, una relación inequívoca, un diálogo constante entre el aguacate y sus alrededores, incapaz de ser malinterpretado. Debía ser una unión celestial, un matrimonio sin fin, amor verdadero. Decidí que el aguacate sagrado sólo podría estar en una parte, y esa parte seria el centro del universo, un lugar en la que todo le rodea, y lo rodea todo. Está en su sitio, porque su sitio es todo, el aguacate es, y está, en el universo. Está compuesto por estrellas, y existe entre ellas, como otra estrella más. Vuelve a sus orígenes, lo es todo, es parte y centro de todo. Aguacate-pirámide y universo, unión perfecta.

Considerando este éxito incuestionable, este encuentro inefable entre forma y función, entre objeto y contexto, entre aguacate-pirámide y universo, decidí, como buen artista, seguir experimentando con este formato.

En orden alfabético, después del aguacate, hice una pirámide de algodón con esas bolas de colorines que venden, que no sé ni para qué sirven, cuya única función para mi es la de ser bonitas. Las combiné con un fondo en blanco y negro, de una montaña con sus rocas y su nieve y sus árboles y sus cosas.

Después del algodón vino el aluminio, rodeado de un cacho de carne cruda, ese rojo sangre con su grasita rica.

El rojo me gustó tanto que hice una pirámide de chicle, por supuesto encima de un fondo de pelos. Imaginar ese chicle enmarañado con ese pelo rubio perfecto da una pequeña sensación de incomodidad, pero es la incomodidad justa para estar cómodo.

Después del chicle, una pirámide escalonada de chocolate, parecida a la primera pirámide que hicieron lo egipcios, la pirámide escalonada de Zoser. Pero en vez de estar en el desierto seco y demacrado, está entre algas marinas de un verde que sólo existe bajo la superficie del agua, un verde chillón.

A continuación, una esponja azul sobre un fondo de cristales magenta. Esto si tiene más sentido, ya que la esponja es como si fuera un cristal también, seguro que comparten algo, como algo con fractales o algo así.

Y bueno, así sucesivamente. Unos ladrillos elevándose sobre un lago prolongado.

Unas mandarinas montadas sobre una llanura de hielo que parece una mesa de mármol.

Una montaña de mostaza fundiéndose sobre un fondo de fuego y magma.

Unos palos aperchados sobre un puzle de piel pocha.

Una pirámide de papel azulado, y a su lado un fondo de estalagmitas y estalactitas.

Una pirámide 3D de patatas 3D puesto sobre una puesta de sol.

Una torre de queso roquefort frente un fondo de rocas.

Regaliz negro oscuro sobre una fría pared de agua salada congelada.

Y, finalmente, otra pirámide escalonada, hecha como una choza de remolacha chorreando sobre el mismísimo sequísimo Sáhara. Aquí también veo a Zoser.

Me gustan todos, pero me quedo con el aguacate. Es perfecto.

Verde chillón.

Verde chillón es casi un oxímoron: dos conceptos opuestos que se unen para crear un concepto nuevo, un concepto mucho más bonito. Verde, y chillón. Dos ideas que en principio no deben estar juntas, pero que se enamoran de todas formas, como Romeo y Julieta.

Una de las primeras frases de Romeo en la obra de Shakespeare es una serie de oxímoros sobre el amor:

“¡Ay, amor combativo! ¡Ay, odio amoroso! ¡Ay, todo, creado de la nada! ¡Ay, grave levedad, seria vanidad, caos deforme
de formas hermosas, pluma de plomo, humo radiante, fuego glacial, salud enfermiza, sueño desvelado, que no es lo que es! Yo siento este amor sin sentir nada en él.”

Esto es una lista de mis oxímoros preferidos:

Propiedad Intelectual
Libertad Condicional

Opinión Pública
Cambio Constante

Plan Espontáneo
Opción Obligatoria

Caos Controlado
Desastre Menor

Trabajador Parado
Accidente Premeditado

Dulce Derrota
Buen Perdedor

Destrucción Creativa
Crecimiento Negativo

Banca Ética
Déficit Cero

Mercado Libre
Monarquía Democrática

Unión Europea
Naciones Unidas

Y, finalmente, mi preferida, la contradicción más contradictoria de todas:

Museo
de Arte Contemporáneo

Verde Chillón.

Es un color incómodo. Es como si coges una lancha, y le pones un caballo encima. El caballo no está acostumbrado a flotar, necesita tierra firme. Sin embargo, cuando los españoles fueron a conquistar el nuevo mundo y a cargarse cientos de miles de indios americanos, seguro que se llevaron algún caballo, y ese caballo tendría que estar confundido, pasando días y días dando tumbos en un barco en mar abierto, sin poder pisar tierra firme.

El sitio natural de un caballo nunca sería una lancha, su sitio natural es una pradera donde pueda caminar libre, como la bestia que es. Pero aparte de su lugar natural, ¿cuál sería su lugar ideal? Quizás sería en un mundo de colores neones, galopando rodeado de rojo y celeste, posando en un planeta naranja y rosado, admirando un horizonte violeta y azul, descansando en un sueño verde y morado. Los colores artificiales son mejores que los colores naturales, tanto para los humanos, como para los caballos.

Estoy pensando en el color, y pienso en los maestros del color de la historia del arte. Sin duda, el artista que más ha intentado dominar el color, muy por encima de los Matisse, Kandinsky, o Rothko, es el Alemán Josef Albers. El hijoputa este se pasó media vida estudiando las relaciones entre forma y color. Su serie más famosa es el Homenaje al Cuadrado, ¡HOMENAJE AL CUADRADO!, una serie de unos mil cuadros de cuatro cuadrados concéntricos que cambian de color. ¡Mil cuadros! Media vida haciendo esto! Supongo que habrá aprendido mucho, pero bueno, no tanto, ¿no? A mi no me importaría quedarme en mi casita tranquilito, pintando cuadros de cuadrados todo el día, gozando de la relación entre unos colores y otros, enamorándome de mi brocha que se llena de pintura, pigmentos hechos de minerales exquisitos mezclados con aceite de linaza, deslizándolo sobre un lienzo liso. ¡Que gustazo! El Albers este se lo tendría que pasar súper bien. Pues después de mil cuadros, pudo decir que finalmente comprendía la complicada relación entre forma y color, que él tenía el secreto.

Hay que dedicarle tiempo a las cosas si quieres comprenderlas, así que le dediqué una tarde a recrear cuadros de Josef Albers, pero en vez de hacerlos con óleo sobre lienzo, los hice con rotuladores sobre Post-Its. Hice una serie de 25 en 3 horas mientras escuchaba unos podcasts en mi estudio. Un trabajo difícil, el de Albers. Después de 180 minutos, creo que puedo decir con autoridad que algo sé sobre el tema del color, pero es muy abstracto, intangible. El problema que tengo ahora es cómo transmitirlo, cómo hacer que esto se vea como algo más que unos colores sobre una superficie, cómo llevar esto al mundo real.

Fui un poco hacia atrás en el tiempo para acercarme a otro maestro del color, un pintor que ve color en el mundo real del que hablo, en este mundo en que vivimos, en la realidad. Joseph Mallord William Turner, el paisajista mas famoso de la historia, el que nos hizo flipar con sus cuadros de puestas de sol, el que consiguió crear un espacio concreto en un cuadro representando el espacio menos concreto y más intangible que existe: el cielo.

¿Cómo hizo Turner para decidir qué pigmentos seleccionar para crear sus cielos maravillosos? Supongo que al final de todo es bastante subjetivo, pintas el cielo del color que te da la gana, lo que te apetezca en ese momento.

Pues como con Albers, hice unos experimentos a lo Turner. Conseguí unas imágenes de Internet de unos paisajes flipantes, intentando acercarme lo más posible a las obras maestras de Turner. ¿Cómo puedo hacer que el color haga lo que yo quiera? ¿Es completamente arbitrario? ¿Sería justo cambiar la naturaleza para obtener la imagen que yo quiera, colores más bonitos en el arte que en la realidad?

Primero, cambié sólo una cosa, un objeto. Un lago. Que bonito, parece algo de otro mundo. Si puedo cambiar un lago de color, y puede ser tan bonito, tan bello, pues entonces lo puedo cambiar todo. Y eso es exactamente lo que hice, y no pude parar de hacerlo. De nieve blanca a nieve azul, de cielos azules a cielos verdes, de arboles verdes a árboles morados. En esta imagen, la luz del sol entrando a la cámara hace cosas maravillosas, sobre todo si le cambias los colores. Como ese sol hacía maravillas, cogí otra imagen, y le puse un sol. Y por qué no, le puse otro, así también parece algo de otro mundo, un lugar increíble, donde hay de todo, o una luna de otro planeta- quizás podría ser Europa, una de las lunas de Júpiter. Ya que estaba allí le puse tres o cuatro soles más. Le cambié los colores, y fue tan bonito que no pude parar. Le empecé a meter filtros raros de Photoshop hasta ya pasarme del todo. Esto ya no es Turner, esto ya parece el póster psicodélico que tendrían mis padres hippies colgado en la pared de su habitación cuando eran jóvenes en los 60.

Después vi esta imagen. Una puesta de sol increíble con un cielo inmenso sobre un mar que parece una sábana arrugada de colorines. Observé la foto un rato, y me dije,

“Ryan, ¿qué es lo que estas haciendo? Hay cosas que deben cambiar en el mundo, muchas cosas, pero la naturaleza no es una de ellas. Ryan, esto no lo puedes mejorar. El mundo es perfecto como está, solo que tenemos que saber reconocer y distinguir los momentos buenos de los momentos malos. Hoy en día hay muchos momentos malos, pero entre ellos no se encuentra esta puesta de sol espectacular. Ryan, no debes perder tu tiempo intentando cambiar estas cosas, cosas de la naturaleza, debes perder tu tiempo intentando cambiar las otras cosas, las cosas del hombre.”

Buscando inspiración, decidí subir un fin de semana a la Costa Brava, a despejarme un poco. Necesitaba salir de la ciudad, ir a un sitio que me diera inspiración, ¡que el paisaje me hable!

El único sitio donde tenía sentido ir era a Cap de Creus, a aquel sitio mágico donde Dalí y Gala vivieron y se enamoraron, donde Duchamp y John Cage jugaban a ajedrez, a escasos kilómetros de donde murió Walter Benjamin. Llegué a una de las playas estas rocosas donde no te puedes ni acostar.

La misma playa te pide que te fijes en ella, que la mires, que la adores, que le escribas poemas y le hagas pinturas y le tomes fotos y chorradas de esas. Cuando la miras, tienes que hacer algo para soltar esa energía, esa inspiración. No te puedes quedar parado, tienes que trabajar. No te puedes quedar parado, tienes que trabajar. Lo primero que vi fueron estas hormigas gigantescas por todos lados, muy Daliniano. Esta de aquí tiene un cabezón que te cagas y es casi tan grande como esa cáscara de cebolla que intenta arrastrar.

Después pasé al lado de esta barca. Los marineros les dan nombres de personas a sus barcas. El nombre debe ser perfecto para esa barca, para que haya una unión imborrable entre pescador y barca, entre ser vivo y cacho de plástico. Esta se llama Charly. O Rosa. O las dos cosas juntas.

Me metí por el camino de ronda, ese caminillo que separa la costa de las mansiones que la bordean, y me encontré este cactus gigantesco. Estaba allí, ese ser vivo impresionante, tomando el sol y sintiendo la brisa marina. Se veía tan espectacular con su verde esperanza sobre ese cielo azul puro y sus flores amarillas y naranjas. Sus ramas eran tan bonitas, parecían corazones.

En una de las ramas alguien había raspado la palabra PATÉ. ¿Paté? ¿Qué tiene que ver la palabra paté con un cactus? El paté es cremoso, delicado, delicioso. Lo dice en la misma palabra, paaaaaatttttté. Y cactus, cactus es todo lo contrario. La misma palabra te pincha la garganta cuando lo dices: CACtus. ¡Qué confusión!

Siguiendo el camino, iba pasando por cúmulos de rocas increíblemente preciosas, rocas que habían sido moldeadas por viento y mar durante siglos de siglos, naturaleza formando naturaleza, naturalmente. Cada vez que giraba la cabeza me encontraba con lo que parecía una réplica del Mar de Hielo, del pintor alemán ese. Era la naturaleza imitando el arte.

Vi pedazos de rocas que parecían raíces de arboles de milenarios, justo al lado de casas de millonarios con esculturas de cemento que imitaban a las rocas que imitaban a los árboles. Aquí, el arte imitando la naturaleza.

Al lado de la casa increíble y las rocas-raíces había una playita privada, donde encontré estas piedras. Para esa playa, eran las piedras perfectas. Perfectas porque en esa playa privada no había nadie, porque era mayo y los dueños de las casas increíbles todavía no habían llegado a sus chalés de verano. Así que tuve la playa entera para mí, para poder tirar las piedras perfectas hacía el mar, y que reboten sobre la superficie como ranas, como en esa escena de Amelie. ¡Qué romántico! Las piedras perfectas junto a la playa perfecta con una puesta de sol perfecta.

Decidí bañarme en el mar cuando, de repente, todo se me vino abajo. El agua estaba llena de medusas, medusas transparentes, asquerosas. Cogí una con un palo, y la empecé a tocar, a acariciar. La medusa es uno de los primeros organismos del planeta, y sin embargo, sigue igual. Por una parte, todos nosotros venimos de la medusa, sólo que somos un organismo algo mas complicado, y ya. Por otra parte, este tipo de medusa se ha quedado como está, no ha evolucionado porque ha alcanzado la perfección, no necesita ser más de lo que ya es. Es forma siguiendo a función al máximo, perfeccionada tras cientos de miles de años. Es completamente transparente, pero la luz se dobla cuando pasa por su interior. Es como si fuese una lente, algo ancha, como 25mm o algo así. Pero su textura era nueva para mi, como si dejaras gelatina destapada en tu nevera y luego de un par de meses no quisieras comértela, pero si tocarla. También podría parecer algún líquido de dentro de tu ojo, lo que saldría si te cortaras el ojo como en esa peli de Buñuel. Te saldría algo puro, sin color, una gelatina cuya única función es hacer que puedas ver luz y color. No me podía imaginar algo mas bonito, quería acariciarlo todo el día.

Al día siguiente, sábado, fui bajando por la costa, poco a poco, a ver si podía encontrar algo de una belleza estética tan alucinante y con una perfección evolucionaria tan marcada como la medusa. Forma con función, estilo con sustancia, color con sabor. Una fresa roja con una dulzura que explota en tu boca.

Un edificio con la palabra COLORS, con su rollo Mondrian.

Una antena de cobertura móvil camuflada en las rocas de una montaña.

Me bebí un bio-frutas del Carrefour sabor Mediterráneo, sobre el mar Mediterráneo- era la unión del interior de mi cuerpo con el exterior.

Me acosté en la arena mirando el cielo y las nubes sobre una sábana con un estampado de cielo y nubes, como si estuviera flotando.

Vi diferentes tipos de rocas juntándose para así dejar de ser roca y juntas ser montaña.

Finalmente, una ramita blanca, que sobresalía de las rocas. Unas ramitas raras enredadas en sí mismas, de un blanco tan puro, tan delicado.

El domingo, me fui a otra playa, ésta mas de domingueros. Me comí un bikini y me bebí una clara. Por alguna razón, terminar en una playa así no tenía sentido.

¿Qué hacía en un sitio así, después de todo lo de antes? Me fui a dar una vuelta por las calas, a explorar por ahí, y me encontré con un complejo arqueológico de más de 20 siglos de antigüedad. Empecé a observarlo, y a tocarlo, a acariciarlo, como hice con el Arena, cuando de repente un arqueólogo que rondaba por ahí me gritó:

“No toques esas piedras!”.

“Que qué?”, le respondí.

“Que no las toques!”, me gritó de nuevo, esta vez más enfadado aún. “Son piedras muy, muy antiguas, y las vas a estropear con el roce de tu piel y el aceite asqueroso que sale de tus dedos. Llevan aquí miles de años, esperando a que alguien como yo venga a estudiarlas, y no voy a dejar que alguien como tú venga y en un momento estropee lo que pueden ser miles de años de información geológica.”

“Mira,” le dije, “lo siento mucho, pero es que no entiendo por qué no puedo tocarlas, si el viento, el sol, la lluvia, y la madre naturaleza las ha tocado durante siglos. De alguna manera, yo también soy parte de la madre naturaleza. Es el círculo de la vida. Además, ¿qué diferencia hay entre estas piedras y las de otro lugar? No existen piedras que sean más o menos antiguas que otras, todas las piedras son sólo piedras, y tienen la misma edad.”

“Vale, vale… perdona,” me dijo, “no sabia que fueras tan ignorante, lo siento mucho por ti. Toma, ¿quieres un cigarrito?”

Me tiró el paquete de tabaco que tenía en la mano. El arqueólogo fumaba la marca Bisonte, nunca la había visto. Su logo era un dibujo de las cuevas de Altamira, era la marca de tabaco perfecta para un arqueólogo.

“No, gracias.” Le tiré el paquete de vuelta.

“Mira,” me dijo, “lo siento mucho por ti, porque lo que veo es que no ves lo que verdaderamente quieres ver. No ves a través de las cosas, te quedas en la superficie, al principio de lo profundo, y el principio no te lleva a ninguna parte. Yo, como arqueólogo, entiendo de estas cosas. Mi trabajo consiste en excavar piedras, y saber qué piedras son buenas, y cuales no lo son. Yo sé mirar, y ver más allá de lo que aparentan las cosas. Se podría decir que soy como un artista, un artista de piedras. Como esta piedra, por ejemplo. Tú, cuando la miras, ves una piedra marrón de toda la vida, pero yo veo mucho más: esta piedra no es marrón, es rosa neón, y su color se expande por todos lados, como una piedra radioactiva. Tiene una luz interior que va en aumento, hasta que casi no puedes ver nada, sólo su luz. Y no es sólo esta piedra, ¡son todas!”

Yo no veía nada.

“Mira, inténtalo tú. Mira hacia esa pared, y dime qué ves.”

Miré hacia la pared. Quería ver más de lo que había allí, quería que las piedras cambiasen de color, y que dieran luz. Quería que las piedras fueran más complicadas de lo que realmente son. No vi nada.

“Mira,” me dijo, “muchas veces, a muchas personas les pasan muchas cosas buenas. Algunas veces, a algunas personas les pasan algunas cosas buenas. Pero nunca a todas las personas les pasan todas las cosas buenas. Creo que eso lo dijo Bob Dylan.”

Se estaba haciendo tarde. Caminando de vuelta, por la playa, me encontré otra vez con las medusas transparentes. Estaban por toda la playa, tiradas en la orilla. Cogí una. La empecé a tocar, a manosear. La estrujé fuerte, hasta que se desintegró.

Hay un dicho que dice que cuando uno sabe algo seguro, algo evidente, es que está más claro que el agua, o que no tiene color. Los políticos siempre dicen que intentan ser transparentes. Si la transparencia es buena, el color debe ser malo, ¿no?

Por fin, regresé a Barcelona, y quise traer todo eso que vi allí y mostrárselo a la gente de aquí. Intenté reproducir la sensación de estrujar la medusa, pero con unas gelatinas de colores que compré en el Lidl. Las puse en la palma de mi mano, y la cerré poco a poco hasta romperlas por completo. Una sensación sensacional, pero no era lo mismo.

Me compré unas bombas de humo y las encendí a la vez, para que el humo y los colores se mezclaran y creasen colores maravillosos, como las piedras del arqueólogo, pero tampoco fue lo mismo.

Finalmente me metí en el estudio, a intentar recrear esa unión entre aguacate y universo, esas formas increíbles y colores mágicos. Cogí unos cachos de papel de aluminio de la cocina y las puse sobre un fondo negro, con tres luces de color: rojo, verde, y azul. Y cuando se juntaron para tomar la foto, voilá, la magia del color y del mundo reproduciéndose delante de mis propios ojos. Era como un cerebro de colorines.

Empecé hacer otras, sin parar, montones y montones de esculturillas de papel de plata iluminadas maravillosamente por montones de tonos de colores. Eran como asteroides de chucherías, y se convertían en cosas diferentes: un escorpión,

una medusa muerta,

la mano de Freddie Kruger,

un bicho raro,

un escorpión devorando la mano de Freddie Kruger,

algo que parecía una escultura de John Chamberlain, pero mejor.

Hice una pequeña familia, que se convirtió en un par de ojos que miraban hacia arriba, hacia abajo, hacia un lado, y hacia otro.

Y al final del día, me quedé con este. Es perfecto.

Este es como el aguacate-pirámide,

como Romeo y Julieta,

como la gran contradicción del Museo de Arte Contemporáneo,

como los caballos,

como Albers,

como Turner,

como los cactus,

como las medusas,

como la sábana de nubes,

como el arqueólogo y sus rocas,

como el paquete de tabaco del arqueólogo,

como la pared de colores que nunca vi,

como las gelatinas,

como las bombas de humo,

y, finalmente, como el verde chillón.